jueves 5 de marzo de 2009

relato

Él la besó alegremente una noche de verano, temía no volver a verla pero aún así decidió tomar fuerza y besarla. La vida la había llevado hasta ella y ahora sabía que esa misma vida se la llevaría. Cuando este pensamiento rozo su mente, apretó con más fuerza su cintura, la sujetó con firmeza e intento que el reloj se detuviera en ese mismo instante. La quería no tenía duda, podría describir ese sentimiento como un ahogo que le nacía de dentro, de lo más profundo de su ser. A medida que se prolongaba ese beso más triste se sentía, no era como todos los que antes se dieron, era diferente. Quiso guardar su aroma, el calor de sus labios, el sabor de su boca. Quiso guardar ese momento en su mente, gravarlo. Cuando terminaron de besarse, él no acertaba a pronunciar palabra, qué decir, se preguntaba. Tomó aire y fue notando como bajaba por su cuello e hinchaba sus pulmones. La miró y como siempre ella le sonreía, con esa simpática sonrisa, algo burlona e infantil. Volvió a tomar aire, volvió a notar como traspasaba cada poro de su piel, como se introducía lentamente y se esparcía entre sus pulmones y entonces sintió unas tremendas ganas de llorar. Sentía que de un momento a otro sus ojos le traicionarían y dejarían en libertad a sus lágrimas. Se preguntó que pensaría ella ante esta triste despedida, ella era la que se marchaba. De pronto esas tremendas ganas de llorar se transformaron en rabia e impotencia. No la podía dejar escapar, no podría ver como se marchaba de su lado, como caminaría hacía a su nueva vida. La rabia se reflejó en su rostro, sus mejillas enrojecieron. Ella permanecía inmóvil ante él mientras el viento mecía sus cabellos. Se miraron fijamente, él cogió su mano y la acercó a sus labios. Qué podía hacer ante ese desenlace, no tenía respuestas y entonces empezó a sentir algo parecido a la melancolía…

viernes 20 de febrero de 2009


Por tu pie, la blancura más bailable,

donde cesa en diez partes tu hermosura,
una paloma sube a tu cintura,
baja a la tierra un nardo interminable.

Con tu pie vas poniendo lo admirable
del nácar en ridícula estrechura,
y donde va tu pie va la blancura,
perro sembrado de jazmín calzable.

A tu pie, tan espuma como playa,
arena y mar me arrimo y desarrimo
y al redil de su planta entrar procuro

Entro y dejo que el alma se me vaya
por la voz amorosa del racimo:
pisa mi corazón que ya es maduro.

Miguel Hernández